|
"El 'pucherazo' está servido". De esta elocuente manera se
anunciaba en una revista especializada el recorrido del Giro de Italia de 1985.
Por "pucherazo" se entendía lo que suponía un recorrido
desangelado, pocas figuras internacionales, llegadas en montañas de 2000
metros donde la meta se colocaba a 1200 metros, multitud de bonificaciones,
contrarrelojs, en definitiva, ausencia de grandes montañas y por lo tanto,
ausencia de momentos épicos. Entonces ¿cómo introducir
esos años del Giro dentro de esta sección de LaVidak?
Periodizando un poco, tenemos que decir que esos eran los años donde
los capos Giuseppe Saronni y Francesco Moser copaban las páginas centrales
de la Gazzetta dello Sport. El Giro se había convertido en una broma.
El Giro estaba perdiendo a pasos agigantados la supremacía sobre la Vuelta
a España como segunda gran ronda por etapas. Se consumía en un
tuya-mía más propio de la cossa nostra italiana que de
una gran vuelta. (Aquí habría que remarcar que esta condición
de la cossa nostra todavía continúa tristemente, llámese
Simoni versus Garzelli). Realizado este inciso, baste recordar que tanto "Beppe"
Saronni como "Cecco" Moser ya habían ganado previamente varias
grandes pruebas que se amoldaban a su condición atlética.
El primero un Giro, un mundial y algunas clásicas. Saronni era un corredor
atípico, corto de piernas, cuerpo de sprinter, acabó sus días
como ciclista a finales de los 80 siendo un corredor inflado con el perímetro
de sus muslos más grandes que cualquier aficionado al ciclismo pueda
recordar.
Moser era más estilizado. Vencedor en varias ocasiones de la París-Roubaix
y consumado contrarrelojista había batido un años antes el record
de la hora sometiéndose a un 'lifting' corporal innovador para la época.
Su imagen con la bicicleta 'cabra' y el gorrito de nadador es ya una de las
imágenes que separan la época moderna de una antigua. Viéndolo
desde el presente, ¿acaso esa imagen no supone una forma moderna de antigüedad?
Pues sí, los recorridos de esos Giros se hacían en función
de ese tipo de corredores. Por aquel año ya empezaba a despuntar un joven
talento llamado Moreno Argentin. La otra gran esperanza italiana estaba encarnada
en el guaperas Roberto Visentini, a la sazón vencedor del Giro de 1986.
Un par de año antes, en 1984, el Giro de Italia vivió una de
las situaciones más ridículas cuando en la última contrarreloj
se jugaban la maglia rosa Francesco Moser y un nuevo talento llamado Laurent
Fignon. Fignon portaba la maglia por escaso margen. Se comentaba que un helicóptero
de la RAI volaba justo delante del francés, mientras otro helicóptero
volaba justo detrás del italiano. Ese Giro lo ganó este último
haciendo del "pucherazo" el signo definitivo de la gran vuelta transalpina.
Un años más tarde, en 1985, en medio de un recorrido descafeinado
a más no poder, en medio del declive anunciado del longevo Moser, en
medio del tedio soporífero sprint va sprint viene, nada especial sucedió.
Ningún momento épico, rien de rien. El gran Bernard Hinault
ganaba su tercer giro con la calculadora en mano sobre Moser. Todo contrarreloj,
nada de montaña. Un papel destacado en las pocas subidas que había
de un Marino Lejarreta al comienzo de su corto periplo italiano en el Alfa Lum
(una pena que el 'Junco de Berriz' emigrara a Italia en esa época de
desidia deportiva) y poco más que añadir.
Este patético Giro supondría el límite de lo aburrido
en ciclismo, el timo deportivo, la autocomplacencia y el descaro. Equipos de
poca monta con no menos que diez marcas anunciadoras en los maillots (los observadores
especializados en viajar en el tiempo a través de marcas, productos y
logotipos obtendrán en esos maillots del pasado despojos arqueológicos
donde excavar e investigar), reliquias del pasado en forma de nombres: Gianbattista
Baronchelli, Tommy Prim, Del tongo-Colnago, Atala.
Un año después el Giro seguía soso y no había quién
le suministrara una dosis de sustancia nerviosa. Un año, 1986, y Visentini
al copo. Este ciclista vivió de y para la corsa rosa. Nunca volvió
a hacer nada reseñable.
Llegados a 1987 es preciso hacer un alto en esta historia abreviada para comentar
unos de los mayores disparates jamás concebidos: Una crono-bajada.
Esta idea funky resumía el espíritu del momento. La épica
no estaba en las grandes cumbres, sino en las encerronas que se montaban en
los sprints, con sus montoneras de medio pelotón, espectáculos
de gymkhana y malabarismo en busca de una porción de segundos bonificados.
Vicenzo Torriani, el hombre fuerte en la organización, tuvo esa genial
idea de montar una crono-bajada en la primera o segunda etapa. Pero no una bajada
de un puerto cualquiera, no. Se trataba del Poggio di San Remo. Ese puerto minúsculo
que se convierte cada año en juez y parte de la "classicíssima"
Milán-San Remo. Un col de tercera para calibrar las funciones nerviosas
del pelotón. Una especie de prologo acelerado con escasísimas
diferencias es la meta. Que uno recuerde, la única prueba de ese tipo,
es decir, una crono-bajada, solamente se realiza actualmente en la romería
de la discoteca Txirrarro en Itziar. Tradicionalmente este fin de temporada
del ciclismo vasco es una fiesta. La Subida al Txitxarro era, desde Deba para
arriba.
Hasta que algún listo (posiblemente Marino Lejarreta o Sabino Angoitia)
decidieron hacerlo a la inversa, de arriba para abajo y contra el crono. El
Giro da ideas hasta para eso. Paradójicamente, la Subida al Txitxarro
es una bajada del Txitxarro. (Nota al lector: el Txitxarro es una discoteca
situada en el alto de Itziar y lugar de encuentro nocturno de una generación
de ciclistas como Marino o Fede Etxabe y que ha quedado como un lugar simbólico,
sí aunque se trate de una disco, de los ciclistas vascos de los alrededores.
Después de la prueba-romería se cena allí y luego hay baile.
Iban Mayo no falta nunca, como tampoco faltaba Indurain)
Hecha esta digresión, como veníamos diciendo, en 1987 fue un
Giro con un poco más de montaña y contempló la primera
gran victoria del irlandés Stephen Roche en su tríptico histórico
Giro, Tour y Mundial.
Y así llegamos a 1988. El lector podrá advertir que todo esto
no ha sido más que el prefacio a lo que verdaderamente queremos contar
aquí: el Passo di Gavia. Y así es. Lo que ocurre que uno empieza
periodizando un poco y una cosa lleva a la otra hasta que no es posible parar.
Esto es lo que tiene el ciclismo. Por mucho que decidamos cuáles son
los momentos épicos par excellence, siempre hay otros momentos que no
deben de ser olvidados. Todo el ciclismo "es". Un aficionado verdadero
no distingue entre la época Indurain, momento álgido de la popularidad
del ciclismo en nuestro país, de otros momentos de 'vacas flacas' o inclusos
de carreras menores. Pero todo esto tiende a aburrir así que a lo nuestro.
Estamos en 1988 y se produce un escenario de ¿qué pasaría
si
? No hay italianos en la contienda y parece que nuevos aires azotan
la carrera. Eric Breukink, Andy 'rabbit' Hampsten y Urs Zimmerman parecen los
candidatos a ganar ese Giro. "Coppino" Chioccioli vestía el
rosa en una etapa que marcaría un antes y un después. El Giro
volvía a ser mítico. Solamente una vez se había ascendido
el Passo di Gavia (2621m), fue en 1960 y ya entonces el mal tiempo había
sido el principal protagonista. A esto había que añadirle el mal
estado de la carretera, con tramos sin asfaltar y el problema añadido
de la altitud de la cumbre.
La víspera nevaba pero la organización decidió en un gesto
de valentía mantener la etapa. El holandés Johan Van de Velde
subía el puerto portando la maglia "chicclamino", la de color
morado que destaca al ciclista más regular. A medida que subía
el puerto la nieve se iba haciendo más densa. El asfalto era una mezcla
de barro líquido con surcos blanquecinos. A un lado de la carretera el
abismo, al otro paredes de nieve de dos metros de altura.

Passo di Gavia, Giro 1988. |
La cabeza de Van de Velde era una meseta donde se acumulaba
la nieve. La imagen de un ciclista con un simple maillot morado y su cabeza
completamente cubierta de nieve era algo que la todavía incipiente tecnología
televisiva podía asumir. ¡Esto era como en los tiempos de Coppi
y Bartali!
El holandés pasó primero por la cima con 5 º bajo cero.
Pero el descenso a Bormio fue todavía peor. Los ciclistas se paraban
en cada curva, se ponían toda la ropa de abrigo, se les derramaba té
caliente por brazos y piernas, los frenos se bloqueaban, el cerebro no respondía,
el cuerpo se colapsaba. Era como hacer un slalon de sky embutido en un
traje de lycra minúsculo y las piernas al aire.
Es duro tener que reconocer que el Giro se redimía a cambio del sufrimiento
ajeno pero las cosas son así de crueles. Ganaba Breunink con 7"
sobre Hampsten, nuevo líder y vencedor final de esa edición. ¡Van
de Velde perdía 46' en tan sólo 25 km de descenso!
El Gavia se ha vuelto a subir en otras dos ediciones, si bien recuerdo, en
1996 y en el 2001. Este año se vuelve a ascender, será en la etapa
del 28 de mayo. El espectáculo está servido. Desde esa edición
la presencias de grandes cumbres ha sido una constante en la 'corsa rosa'. La
geografía italiana posee una cantidad de puertos de dureza que sin duda
la colocan como el país puntero en cumbres míticas. Gavia, Mortirolo,
Marmolada, Tres Cimas de Lavaredo (espectacular puerto protegido por los ecologistas),
Stelvio
Gocemos pues del Giro con sus grandes cumbres, escenario de las mayores batallas
ciclísticas de todos los tiempos.
|